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REDSA | ISSN 3151-8303 | julio - septiembre, 2026 | Vol. 1 | Núm. 3
INTRODUCCIÓN
La educación inclusiva se ha consolidado como
un principio rector de los sistemas educativos
contemporáneos, al desplazar el foco desde
la adaptación individual del estudiante hacia
la transformación de las culturas, políticas y
prácticas escolares que producen barreras para la
presencia, la participación y el aprendizaje. Desde
esta perspectiva, la inclusión no se reduce a la
integración física de estudiantes con discapacidad
o necesidades educativas especícas, sino que
exige que la escuela reorganice sus apoyos, sus
estrategias pedagógicas y sus formas de evaluación
para responder a la diversidad del alumnado
(Ainscow, 2020; UNESCO, 2020).
En América Latina, la inclusión educativa se
desarrolla en sistemas marcados por desigualdades
territoriales, brechas socioeconómicas y
capacidades institucionales heterogéneas. La
legislación de la mayoría de los países reconoce
el derecho a la educación inclusiva; sin embargo,
la distancia entre el marco normativo y la práctica
cotidiana continúa siendo amplia. En Ecuador, la
Constitución de la República y la Ley Orgánica de
Educación Intercultural establecen la igualdad de
oportunidades y la atención a la diversidad como
principios del sistema educativo. No obstante,
estos principios dependen en gran medida de la
preparación del profesorado, del acompañamiento
institucional y de la disponibilidad de apoyos
especializados.
La literatura internacional coincide en que la
autoecacia docente es un factor clave para
explicar la implementación de prácticas inclusivas.
Según la teoría social cognitiva, las creencias
de autoecacia inuyen en las metas que las
personas se proponen, el esfuerzo que invierten y
la persistencia frente a las dicultades (Bandura,
1997). En educación inclusiva, estas creencias
se relacionan con la disposición del docente
para adaptar la instrucción, colaborar con otros
profesionales y manejar conductas desaantes sin
recurrir a respuestas excluyentes (Sharma et al.,
2012; Tschannen-Moran & Woolfolk Hoy, 2001).
Los estudios recientes también muestran que
la autoecacia docente para la inclusión no
depende exclusivamente de rasgos individuales;
se congura mediante experiencias formativas,
apoyos institucionales, cultura escolar y
oportunidades reales de colaboración. Wray et al.
(2022) identicaron, en una revisión sistemática
de 71 estudios, que la formación especíca, la
experiencia con estudiantes diversos y el apoyo
profesional son factores asociados a mayores
niveles de autoecacia para la inclusión. De manera
complementaria, Yada et al. (2022) evidenciaron
mediante metaanálisis que la autoecacia docente
se asocia positivamente con actitudes favorables
hacia la educación inclusiva.
A pesar de estos avances, persiste una brecha
relevante en la producción empírica sobre Ecuador.
Buena parte de la evidencia disponible proviene de
contextos europeos, norteamericanos o asiáticos, y
los estudios latinoamericanos tienden a centrarse
en revisiones normativas o diagnósticos generales.
Se requieren investigaciones contextualizadas que
integren indicadores cuantitativos y experiencias
cualitativas del profesorado en territorios
especícos, especialmente en instituciones
públicas donde la disponibilidad de recursos y
apoyos puede ser limitada.
En este marco, el presente estudio se orientó por